
Aunque haya dejado de llover, si voy al monte me mojaré como si cayeran chuzos de punta. Mucha agua, en efecto, se ha quedado entre sus ramas. Como el monte no tiene caminos, si acaso alguna estrecha vereda, lo normal es irse rozando por todas partes con el monte calado, y adquirir uno mismo esa condición. Si hace calor y voy al monte volveré oliendo a todas las colonias. Si necesito perderme en un laberinto de sombras de nuevo voy al monte. Es más, si pretendo alejarme por elevación de las impertinencias de este mundo remontaré las arrugas de cualquiera de los paisajes de nuestro país.
Además, uno vive la mitad del año en un monte con mucho monte. Esto permite recordar que resulta preciosa la doble acepción del término monte en nuestro idioma. Lo que para la mayoría, ya urbana, significa sólo una elevación o sucesión de alturas, para otros, los rurales y meridionales, quiere decir vegetación espesa. De ahí, por ejemplo, que montería no suponga mucho más que cazar en un monte. O lo que es lo mismo, en una mancha o ladera de espesuras, casi siempre compuestas por matorrales de varias especies.
Los montes que todavía quedan vestidos por uno de los mejores trajes que la Natura confecciona son la otra cara de la moneda de esta península.
Porque aunque suele pasar inadvertido, casi nada es tan verde, espeso y protector como nuestros montes. Sobre todo frente a la árida desnudez de tantos y tantos predios.
Por si eso fuera poco, el monte con monte ofrece una ingente hospitalidad a lo escaso y da lecciones de austeridad y eficacia. Lo confirman por ejemplo, las sierras de Guadalupe, es decir, las Villuercas y los Ibores. Estos paisajes de vegetación espesa cultivan el discreto encanto de la modestia. Tienen la enorme belleza de lo no degradado, acaso por su misma fragilidad. Algo así como cuando la pobreza se convierte en garantía de conservación y de identidad. Las eternas y ambiciosas cuestas, que casi por todas partes buscan superar el 30% de desnivel; los suelos pobres pero bien abrigados por el monte; las constantes riadas de peñascos que los canchos altos lanzan hacia el valle, junto con la empalizada contínua de las espesuras, han convertido a las sierras de Guadalupe en reserva de verdes esplendores, faunas de ya rara presencia.
Este monte es fragancia, pues casi todos sus componentes tienen mieras aromáticas con las que combaten la canícula. Al menos tres decenas de especies de matorrales pueden ser identificadas. Sobresale su fauna de reptiles, insectos y pequeños mamíferos. Sin dejar de ser el dominio de linces, jinetas, garduñas, conejos y tejones. Casi 60 especies de aves pueden usar el monte para criar y al hacerlo nos regalan un chaparrón de melodías para que éste sea también sonata.
Además, uno vive la mitad del año en un monte con mucho monte. Esto permite recordar que resulta preciosa la doble acepción del término monte en nuestro idioma. Lo que para la mayoría, ya urbana, significa sólo una elevación o sucesión de alturas, para otros, los rurales y meridionales, quiere decir vegetación espesa. De ahí, por ejemplo, que montería no suponga mucho más que cazar en un monte. O lo que es lo mismo, en una mancha o ladera de espesuras, casi siempre compuestas por matorrales de varias especies.
Los montes que todavía quedan vestidos por uno de los mejores trajes que la Natura confecciona son la otra cara de la moneda de esta península.
Porque aunque suele pasar inadvertido, casi nada es tan verde, espeso y protector como nuestros montes. Sobre todo frente a la árida desnudez de tantos y tantos predios.
Por si eso fuera poco, el monte con monte ofrece una ingente hospitalidad a lo escaso y da lecciones de austeridad y eficacia. Lo confirman por ejemplo, las sierras de Guadalupe, es decir, las Villuercas y los Ibores. Estos paisajes de vegetación espesa cultivan el discreto encanto de la modestia. Tienen la enorme belleza de lo no degradado, acaso por su misma fragilidad. Algo así como cuando la pobreza se convierte en garantía de conservación y de identidad. Las eternas y ambiciosas cuestas, que casi por todas partes buscan superar el 30% de desnivel; los suelos pobres pero bien abrigados por el monte; las constantes riadas de peñascos que los canchos altos lanzan hacia el valle, junto con la empalizada contínua de las espesuras, han convertido a las sierras de Guadalupe en reserva de verdes esplendores, faunas de ya rara presencia.
Este monte es fragancia, pues casi todos sus componentes tienen mieras aromáticas con las que combaten la canícula. Al menos tres decenas de especies de matorrales pueden ser identificadas. Sobresale su fauna de reptiles, insectos y pequeños mamíferos. Sin dejar de ser el dominio de linces, jinetas, garduñas, conejos y tejones. Casi 60 especies de aves pueden usar el monte para criar y al hacerlo nos regalan un chaparrón de melodías para que éste sea también sonata.
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