lunes, 12 de marzo de 2007

Oro, Tierra y Castaños (León)


Las luces del ocaso se potencian en pocos lugares del planeta de manera tan espectacular como en el turbador paisaje de Las Médulas. Los colores adquieren tintes irreales en el contraste de las tierras áridas, de las fracturas en los perfiles dramáticos de la antigua montaña esfumada por la labor minera, de la arcilla rojiza, ocre, amarilla, con las frondas de castaños con sus verdes veraniegos o los teja de infinitas tonalidades del otoño bajo los cielos límpidos de esta comarca ponferradina de León.
Las Médulas conservan la llaga fabulosa que en este paisaje áspero dibujaron los romanos. La labor minera del Imperio muestra aquí una espectacular huella que resulta impresionante. La ruina montium se nos ofrece como demostración asombrosa del poder del agua y del ingenio del hombre en busca de un fin. En este caso ansiaban los romanos extraer de la tierra ese precioso metal dorado capaz de mover montañas. Nunca como aquí se revela tan sumamente cierta esa expresión.
Con la fuerza prestada por el agua, la destrucción se convirtió al fin en proceso de creación en sí misma. El proceso, arduo; el desarrollo, lento. Inexplicable probablemente para los trabajadores y sólo evidente en la mente de los ingenieros que idearon el procedimiento. Laberinto de conducciones de agua talladas en la roca hasta las cercanías del lugar.
El paisaje destruido entonces es hoy Patrimonio de la Humanidad. Pero lo es en gran parte por la capacidad infinita de la Naturaleza para convertir en bello algo tan poco grato como los restos de una actividad minera. La vegetación se adueña de los derribos; los elementos, hielo, lluvia, viento, suavizan las aristas y moldean los pináculos: perfeccionan, en fin, un paisaje desértico y caótico dejando la impronta del más grande artista conocido que no es otro que la Naturaleza. Y así admiramos hoy estos rincones, con la memoria del Imperio que durante dos siglos extrajo de aquí el preciado metal necesario para poder sostener su sistema monetario.
Los magníficos castaños de Las Médulas con sus escarificadas cortezas, arrugas, verrugas tumorosas, mapas de badlans de aridez extrema, ocultan palpitantes carnes de madera preciosa, anillos que se suceden en cadencia permanente de un año que supera en el recuento muchos cientos.
La desnudez de los meses invernales empieza a cubrirse a partir de abril con delicadas hojas verdes. Florecen los amentos masculinos un mes antes que los femeninos, entre junio y julio. Maduran los frutos que se desprenderán de los erizos en los meses otoñales, cuando las verdes y frondosas hojas del verano pierden el vigor y se tornan en amarillos, ocres, rojos. Y las castañas, regadas aquí y allá, esperan ser el moderno botín de la tierra de los actuales habitantes de Las Médulas.

Montes con Monte (Cáceres)


Aunque haya dejado de llover, si voy al monte me mojaré como si cayeran chuzos de punta. Mucha agua, en efecto, se ha quedado entre sus ramas. Como el monte no tiene caminos, si acaso alguna estrecha vereda, lo normal es irse rozando por todas partes con el monte calado, y adquirir uno mismo esa condición. Si hace calor y voy al monte volveré oliendo a todas las colonias. Si necesito perderme en un laberinto de sombras de nuevo voy al monte. Es más, si pretendo alejarme por elevación de las impertinencias de este mundo remontaré las arrugas de cualquiera de los paisajes de nuestro país.
Además, uno vive la mitad del año en un monte con mucho monte. Esto permite recordar que resulta preciosa la doble acepción del término monte en nuestro idioma. Lo que para la mayoría, ya urbana, significa sólo una elevación o sucesión de alturas, para otros, los rurales y meridionales, quiere decir vegetación espesa. De ahí, por ejemplo, que montería no suponga mucho más que cazar en un monte. O lo que es lo mismo, en una mancha o ladera de espesuras, casi siempre compuestas por matorrales de varias especies.
Los montes que todavía quedan vestidos por uno de los mejores trajes que la Natura confecciona son la otra cara de la moneda de esta península.
Porque aunque suele pasar inadvertido, casi nada es tan verde, espeso y protector como nuestros montes. Sobre todo frente a la árida desnudez de tantos y tantos predios.
Por si eso fuera poco, el monte con monte ofrece una ingente hospitalidad a lo escaso y da lecciones de austeridad y eficacia. Lo confirman por ejemplo, las sierras de Guadalupe, es decir, las Villuercas y los Ibores. Estos paisajes de vegetación espesa cultivan el discreto encanto de la modestia. Tienen la enorme belleza de lo no degradado, acaso por su misma fragilidad. Algo así como cuando la pobreza se convierte en garantía de conservación y de identidad. Las eternas y ambiciosas cuestas, que casi por todas partes buscan superar el 30% de desnivel; los suelos pobres pero bien abrigados por el monte; las constantes riadas de peñascos que los canchos altos lanzan hacia el valle, junto con la empalizada contínua de las espesuras, han convertido a las sierras de Guadalupe en reserva de verdes esplendores, faunas de ya rara presencia.
Este monte es fragancia, pues casi todos sus componentes tienen mieras aromáticas con las que combaten la canícula. Al menos tres decenas de especies de matorrales pueden ser identificadas. Sobresale su fauna de reptiles, insectos y pequeños mamíferos. Sin dejar de ser el dominio de linces, jinetas, garduñas, conejos y tejones. Casi 60 especies de aves pueden usar el monte para criar y al hacerlo nos regalan un chaparrón de melodías para que éste sea también sonata.