
Las luces del ocaso se potencian en pocos lugares del planeta de manera tan espectacular como en el turbador paisaje de Las Médulas. Los colores adquieren tintes irreales en el contraste de las tierras áridas, de las fracturas en los perfiles dramáticos de la antigua montaña esfumada por la labor minera, de la arcilla rojiza, ocre, amarilla, con las frondas de castaños con sus verdes veraniegos o los teja de infinitas tonalidades del otoño bajo los cielos límpidos de esta comarca ponferradina de León.
Las Médulas conservan la llaga fabulosa que en este paisaje áspero dibujaron los romanos. La labor minera del Imperio muestra aquí una espectacular huella que resulta impresionante. La ruina montium se nos ofrece como demostración asombrosa del poder del agua y del ingenio del hombre en busca de un fin. En este caso ansiaban los romanos extraer de la tierra ese precioso metal dorado capaz de mover montañas. Nunca como aquí se revela tan sumamente cierta esa expresión.
Con la fuerza prestada por el agua, la destrucción se convirtió al fin en proceso de creación en sí misma. El proceso, arduo; el desarrollo, lento. Inexplicable probablemente para los trabajadores y sólo evidente en la mente de los ingenieros que idearon el procedimiento. Laberinto de conducciones de agua talladas en la roca hasta las cercanías del lugar.
El paisaje destruido entonces es hoy Patrimonio de la Humanidad. Pero lo es en gran parte por la capacidad infinita de la Naturaleza para convertir en bello algo tan poco grato como los restos de una actividad minera. La vegetación se adueña de los derribos; los elementos, hielo, lluvia, viento, suavizan las aristas y moldean los pináculos: perfeccionan, en fin, un paisaje desértico y caótico dejando la impronta del más grande artista conocido que no es otro que la Naturaleza. Y así admiramos hoy estos rincones, con la memoria del Imperio que durante dos siglos extrajo de aquí el preciado metal necesario para poder sostener su sistema monetario.
Los magníficos castaños de Las Médulas con sus escarificadas cortezas, arrugas, verrugas tumorosas, mapas de badlans de aridez extrema, ocultan palpitantes carnes de madera preciosa, anillos que se suceden en cadencia permanente de un año que supera en el recuento muchos cientos.
La desnudez de los meses invernales empieza a cubrirse a partir de abril con delicadas hojas verdes. Florecen los amentos masculinos un mes antes que los femeninos, entre junio y julio. Maduran los frutos que se desprenderán de los erizos en los meses otoñales, cuando las verdes y frondosas hojas del verano pierden el vigor y se tornan en amarillos, ocres, rojos. Y las castañas, regadas aquí y allá, esperan ser el moderno botín de la tierra de los actuales habitantes de Las Médulas.
Con la fuerza prestada por el agua, la destrucción se convirtió al fin en proceso de creación en sí misma. El proceso, arduo; el desarrollo, lento. Inexplicable probablemente para los trabajadores y sólo evidente en la mente de los ingenieros que idearon el procedimiento. Laberinto de conducciones de agua talladas en la roca hasta las cercanías del lugar.
El paisaje destruido entonces es hoy Patrimonio de la Humanidad. Pero lo es en gran parte por la capacidad infinita de la Naturaleza para convertir en bello algo tan poco grato como los restos de una actividad minera. La vegetación se adueña de los derribos; los elementos, hielo, lluvia, viento, suavizan las aristas y moldean los pináculos: perfeccionan, en fin, un paisaje desértico y caótico dejando la impronta del más grande artista conocido que no es otro que la Naturaleza. Y así admiramos hoy estos rincones, con la memoria del Imperio que durante dos siglos extrajo de aquí el preciado metal necesario para poder sostener su sistema monetario.
Los magníficos castaños de Las Médulas con sus escarificadas cortezas, arrugas, verrugas tumorosas, mapas de badlans de aridez extrema, ocultan palpitantes carnes de madera preciosa, anillos que se suceden en cadencia permanente de un año que supera en el recuento muchos cientos.

La desnudez de los meses invernales empieza a cubrirse a partir de abril con delicadas hojas verdes. Florecen los amentos masculinos un mes antes que los femeninos, entre junio y julio. Maduran los frutos que se desprenderán de los erizos en los meses otoñales, cuando las verdes y frondosas hojas del verano pierden el vigor y se tornan en amarillos, ocres, rojos. Y las castañas, regadas aquí y allá, esperan ser el moderno botín de la tierra de los actuales habitantes de Las Médulas.
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